El emblema de la SAMFYR


Por Eduardo Ramírez Calonge
Las entidades de funcionamiento corporativo, suelen tener en común diversas características que las asemejan, entre ellas por ejemplo: un interés general que justifica el agrupamiento de sus miembros, diversos postulados que definen los objetivos que los movilizan, reglas básicas que suelen expresarse como estatutos etc.
 Estas “generales de la ley”, pueden verificarse tanto en agrupaciones gremiales, sociedades de beneficencia, colegiaciones diversas, clubes sociales o deportivos y por cierto también en las sociedades y asociaciones médicas. 
Un rasgo singular que define el sentido de pertenencia a la entidad en cuestión, distintivo además de cualquier otra agrupación, es el logotipo y su isotipo, como definen ahora los profesionales gráficos o los comunicadores sociales, al conjunto de letras que sintetizan el nombre y al dibujo que simboliza con la mejor y más sencilla síntesis, el numen conductor que justifica la existencia de dicha entidad .
El símbolo entonces, es usado en la papelería oficiosa, en la representación que se anuncia en los membretes, en el encabezado de la correspondencia y además suele presidir todo acto en que se haga presente la entidad. Algunas veces la simbología representativa, es exhibida en trofeos o se luce con orgullo en escudos de solapa, corbatas, pañuelos, llaveros y por cierto en banderines y banderas.
 La Historia Universal que es tan rica en combates y batallas, muestra en aquellos cruentos eventos, que los colores “entelados” de cada bando, se llevaban al frente de sus líneas, y precisamente uno de los objetivos del contrario, ha sido arriar y capturar aquellos pedazos de tela que aislados nada significarían, pero que en determinado marco y contexto representan lo más profundo y caro de cada agrupación. Hoy en día muchas de las grescas que protagonizan los grupos más combativos de nuestros clubes de fútbol, se originan justamente, por el intento de capturar las banderas del contrario, “luchemos por los trapos” dirían los “barrabravas”. Esto demuestra el cuantioso monto de simbolismo y sentimiento, con que se cargan simples objetos materiales.
 Las asociaciones médicas, respetando pacíficamente sus fines científicos y académicos, siguen sin embargo la regla de tener su sigla y dibujo simbólico distintivo que las represente, cuya posesión materializada otorga además titularidad, anuncia membresía y su exhibición frente a ajenos, denota el orgullo por la pertenencia a la asociación y por compartir sus postulados y objetivos estatutarios.
 Nuestra Sociedad Argentina de Medicina Física y Rehabilitación, tiene también su símbolo, a mi juicio hermoso y esperanzador en su mensaje; pero como tantas cosas en la vida, este símbolo tiene también su pequeña historia y nos pareció adecuado relatarla, especialmente para las generaciones nuevas y sobre todo para las futuras. De no hacerlo, el paso del tiempo irá borrando la tradición oral que la sostiene y tal vez algún día futuro al perderse esa memoria, nadie pueda explicar el origen del símbolo societario. 
De modo que para resguardar la historia, procuraremos recordar los sucesos, ya no tan recientes, que originaron el actual símbolo y decimos “actual”, porque estimo que ya son pocos los que recuerdan que nuestra sociedad tuvo un símbolo previo, el que fue utilizado además durante mucho tiempo.
 En efecto, vale mencionar que en otro artículo de la presente publicación, se ha relatado que la Sociedad de Rehabilitación fue creada en 1934 a instancias del Dr. Octavio Fernández, presentándose a la luz pública de aquella época, como “Asociación Médica de Kinesiología”; nombre que trocaría luego en 1949 por el actual, de “Sociedad Argentina de Medicina Física y Rehabilitación”.
 No obstante el cambio de nombre y de rumbo, acorde con la evolución de la especialidad, la sociedad mantendría el tradicional símbolo formado por un reloj de arena cruzado por un rayo y envuelto por una serpiente, hasta muchos años después. 
En aquel primer símbolo el rayo justificaba el uso de los medios físicos, en especial la electricidad; el reloj de arena central simbolizaba los períodos considerables a tener en cuenta en los tratamientos de rehabilitación y finalmente la serpiente, un clásico símbolo (común a otras asociaciones científicas) representaba el conocimiento científico y el quehacer académico. 
La sociedad, prosiguió su evolución y crecimiento durante la década del sesenta, acreditando entre otras acciones: su incorporación como sección de la Asociación Médica Argentina (AMA), la publicación periódica de su boletín científico, la organización de eventos y reuniones de carácter científico tanto en el marco nacional como en el internacional y la apertura a correlacionarse con asociaciones similares de otros países. 
Personalmente, mis jóvenes años de residente e incipiente “rehabilitador”, me hicieron acercar al ámbito societario e inscribirme primero en la AMA y posteriormente en la SAMFYR, y frecuentar a principios de los setenta el departamento particular (sede ocasional) del Dr. Jaime Citrinovitz, quien en un intento de dinamizar una ya por entonces algo alicaída sociedad, trataba de organizarla desde una raleada comisión directiva, promoviendo reuniones (matizadas por un excelente lunch costeado con su peculio personal). En aquellos encuentros de “entrecasa”, se reclutaban voluntades y se proponían acciones y eventos que aunque no siempre se concretaban, mantenían al menos vivo el entusiasmo y daban razón de ser a la agrupación.
En mi recuerdo, el inicio de los ochenta marca tal vez el período más crítico de nuestra sociedad, llegando a plantearse, que de no reorganizarse seriamente, el destino sería inevitablemente la disolución (dado el estancamiento que en todos los órdenes presentaba). Nuestra querida entidad se parangonaba gráficamente a un enfermo en terapia con todos sus indicadores en negativo! Una entidad que en forma vacilante dudaba de su propia existencia, realmente no generaba atractivo para reclutar vocaciones de pertenencia.
 Es entonces que promediando los ochenta y bajo el vigoroso impulso del Dr. Fernando Sotelano y la nueva comisión que le secundaba en su presidencia, la sociedad vive un resurgir, que marca prácticamente una nueva fundación o al menos decididamente una significativa bisagra en su historial. Se imprimió así un rumbo de crecimiento sostenido, que no se ha detenido hasta el presente y que a fe mía y en vista de quienes han tomado sus estandartes, ya no se detendrá. 
En 1989 fui convocado por la comisión directiva de entonces (bajo la recién iniciada presidencia del Dr. Ricardo Viotti), para formar parte de la misma, siendo el cargo asignado (tal vez por mis rasgos obsesivos) el de tesorero! El mandato que conlleva dicho cargo como es sabido, es el de guardar y si es posible acrecentar los fondos (tesoro) patrimoniales. Por cierto que en ese sentido, procuré con la mayor dedicación cumplir tal asignación, teniendo para ello que desempeñar el ya consabido y antipático rol, que cabe a todo recaudador; según dichos de muchos de entonces, mi dedicación fue con rigurosa y despiadada saña para con los innumerables morosos que con displicencia campeaban por aquellos años, disfrutando impunemente de los beneficios de la membresía societaria.
Los miembros de las comisiones que realmente trabajan, no se circunscriben exclusivamente a las acciones de sus respectivos cargos, de modo que por aquellos días todos en diversos órdenes aportábamos ideas y promovíamos acciones para fortalecer la sostenida reorganización societaria. Estaba todo por hacerse y así fue que en una de aquellas reuniones lancé a discusión la idea de modernizar y reactualizar el antiguo símbolo societario, mayormente considerando el cambio de rumbo ya señalado y el hecho de que algunos de los componentes de aquel símbolo, ya se utilizaba en otras agrupaciones profesionales.
La idea fue recogida con entusiasmo y ya durante la presidencia de la Dra. Mirta Rossi (1990/91) y desde mi cargo de vocal, fui impulsado a trabajar más profundamente sobre la iniciativa (la regla “del que hace el aporte, que lo desarrolle” fue aplicada de inmediato), de modo que con tal mandato me puse con ahínco a trabajar sobre el tema.
 Decididamente la sigla ya aprobada previamente, era: SAMFYR donde la letra “Y” quedaba definitivamente incluida con igual jerarquía (mayúscula) a las otras, sustituyendo a la anterior SAMFyR. Pero y el isotipo?..., se discutió el tema y la opinión unánime fue que la idea debía de alguna forma, girar sobre el símbolo internacional de la discapacidad y la rehabilitación, el que con pocos trazos y oportuna síntesis, mostraban a un paciente en su silla de ruedas. 
Vale aquí recordar tiempos pasados, ¿tal vez mejores?..., pero lo cierto es que el Instituto Nacional de Rehabilitación (hoy IREP) que presidía como director el Dr. José B. Cibeira, era un modelo en múltiples sentidos, entre otros contaba con un dibujante nombrado: Sergio Iribarren (artista talentoso y bohemio como corresponde a tal vocación) del que quedaron maravillosas láminas anatómicas dignas del mejor atlas, muchas de las cuales desafortunadamente desaparecieron en el incendio que hace algunos años destruyó el departamento de neurofisiología. También dentro de su planta de personal con sueldo, el Instituto tenía un fotógrafo profesional, el recordado y querido Juan Morandi; seguramente Cibeira al haber conseguido la incorporación de ambos, quería reproducir todo lo bueno que había visto durante su entrenamiento en los Estados Unidos, donde los trabajos y presentaciones contaban con el auxilio de dibujantes, fotógrafos y seguramente otros técnicos de ayuda docente. Con nostalgia recordemos que por aquella época no existía el “Power Point”, valgan entonces en este recuerdo, estas líneas de postrero homenaje para aquellos dos artistas amigos, con los que tantas iniciativas compartimos.
 Pues bien, volviendo a lo que se me encomendara, decidí que la tarea requería gente de talento gráfico, por lo que la herramienta a mano era convocar al citado Juan Morandi (Iribarren había fallecido) el que además de fotógrafo era un muy buen dibujante. La idea matriz era la silla de ruedas internacional, pero había que agregarle algo más.... y la cuestión era no sólo diferenciarnos, sino aportar al dibujo algún concepto esperanzador y que destacara nuestra tarea de rehabilitadores. Surgieron entonces varios diseños, los que luego de ser discutidos en el seno de la comisión, dejaron el definitivo con la silla, pero con la imagen del paciente levantándose e iniciando la marcha cada vez más erguido.
 Quedó así aprobado nuestro símbolo con su sigla y su dibujo, para ser desde entonces utilizado, hasta el día de hoy. 
El flamante presidente de la Comisión que regiría los destinos societarios en el bienio 1992/93, Dr. José Freire, me convocó para acompañarle como Vicepresidente, por lo que al iniciar el bienio siguiente, precisamente en marzo de 1994, me hice cargo de la presidencia de nuestra sociedad y como párrafo final del discurso de apertura de mi mandato, exhorté con vehemencia a recuperar la confianza en nuestra especialidad y a exhibir con orgullo sus “banderas”. También en esa ocasión se entregó a todos los miembros presentes titulares y adherentes, un escudo (pin) de solapa con el símbolo de nuestra sociedad, quedando para su patrimonio, el molde para continuar acuñándolos. Los titulares tuvieron el azul y los adherentes el verde (color que representa cierta inmadurez, pero también la esperanza y la habilitación a destinos promisorios), la idea vino a mi mente al recordar mis pasadas épocas de Acción Católica, donde los efectivos lucían el azul y los aspirantes el verde.
 Mi mandato finalizó en marzo de 1996 y en el acto de entrega, fueron designados Maestros de la Fisiatría Argentina, los Dres. Alicia Amate, José B. Cibeira y Jaime Citrinovitz, siendo galardonados con diplomas y unas magníficas plaquetas alusivas, en las que también se lucía nuestro símbolo. En dicho acto finalmente, al epilogar mi discurso de cierre y para concluir mi mandato, incorporé para la investidura presidencial de mi sucesora, la Dra. Susana Druetta, una cucarda con la cinta argentina y también nuestro símbolo, que colgué con emoción en su cuello inaugurando así una tradición de traspaso del mandato presidencial, para cada nuevo presidente que iniciara su cargo.
 Susana Druetta concretó la iniciativa de dar personería jurídica a nuestra sociedad y con ello se oficializó sigla, isotipo y membrete, en el marco regulatorio que la Inspección de Justicia define para las asociaciones científicas.
 Arribo así al momento final de este relato, cuyo objeto sólo pretende dejar testimonio de la forma en que se generó nuestro emblema y trasmitirles con sentida emoción los recuerdos imborrables de las circunstancias, momentos y personas involucradas en ello. De igual modo, manifestar renovadamente el orgullo con que lucimos nuestra divisa, sentimiento que se acrecienta aún más, en los eventos internacionales en los cuales representamos a nuestro país y a nuestra sociedad.

Publicado en la Revista Argentina de Rehabilitación Diciembre 2006

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